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LA INDISPENSABLE RECONSTRUCCIÓN DE LA INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES Y DE LOS PUEBLOS

"SAMIR AMIN "


El sistema instaurado desde hace una treintena de años se caracteriza por la extrema centralización del poder en todas sus dimensiones, locales e internacionales, económicas, políticas y militares, sociales y culturales. Unos cuantos miles de empresas gigantescas y algunos centenares de entidades financieras, asociadas en alianzas cartelizadas, han reducido los sistemas productivos nacionales y globalizados a la condición de subcontratas. De esta manera, las oligarquías financieras acaparan una parte creciente del producto del trabajo y de la empresa, convertido en renta para su exclusivo beneficio.

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HUMANISMO Y PAZ EN COLOMBIA FRENTE A LA RELIGIÓN NEOLIBERAL

"Por Lilia Solano"


Introducción

Son tres los elementos del enunciado en el título que ameritan un tratamiento a modo de introducción. En primer lugar, afirmar que el humanismo es un factor nuclear. Habida cuenta de nuestra historia, francamente ajena a las dinámicas que conformaron las matrices del humanismo en general, y de las rutas que hemos transitado en la construcción de nuestras identidades colectivas, el humanismo como propuesta dignificadora del ser humano ha estado ausente de muchos de nuestros escenarios históricos. No obstante, todo intento de convivencia y civilidad ha de poner “El acento en la humanidad,” como diría Mario Benedetti.

En segundo lugar, el título dirige su lente hacia la paz. De esta manera mi reflexión se sitúa en un momento preciso, esto es, la Colombia de hoy que ha sido testiga de grandes acontecimientos históricos como la firma del acuerdos de paz, la movilización de un sector de la población que los rechazó, las movilizaciones que denunciaron las manipulaciones mediantes las cuales se logró que los acuerdos de paz fuesen desvirtuados en un plebiscito, y las escenas inolvidables de guerrilleros reintegrados camino a zonas de concentración previamente acordadas para iniciar en firme un nuevo capítulo sin armas. Todo esto quiere decir que la reflexión que aquí ofrezco está marcada por el carácter provisional, la cautela que acompaña a todo esfuerzo de análisis coyuntural, a toda lectura del tiempo a medida que transcurre.

Por último, el título sugiere la prevalencia de un marco de referencia mayor: el neoliberalismo. El consenso general apunta a que se hable del neoliberalismo actual como de un capitalismo tardío en crisis. Desde el trompetazo inicial a la Fukuyama a comienzos de la década de los 90, que anunció un triunfo final del capitalismo y, por lo tanto, el final de la historia, ya se hizo evidente que el neoliberalismo que reclamaba el control se erguía sobre endebles bases falaces. Lo que aún lo sostiene es, entonces, un asunto de fe. El tratamiento de lo económico-político como si correspondiese al ámbito religioso, y de lo religioso como instrumento y en cumplimiento de propósitos económicos y políticos es una tesis que bien podría rastrearse hasta llegar a Marx.



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HUMANISMO Y PAZ EN COLOMBIA FRENTE A LA RELIGIÓN NEOLIBERAL

"Por Lilia Solano"


Introducción

Son tres los elementos del enunciado en el título que ameritan un tratamiento a modo de introducción. En primer lugar, afirmar que el humanismo es un factor nuclear. Habida cuenta de nuestra historia, francamente ajena a las dinámicas que conformaron las matrices del humanismo en general, y de las rutas que hemos transitado en la construcción de nuestras identidades colectivas, el humanismo como propuesta dignificadora del ser humano ha estado ausente de muchos de nuestros escenarios históricos. No obstante, todo intento de convivencia y civilidad ha de poner “El acento en la humanidad,” como diría Mario Benedetti.

En segundo lugar, el título dirige su lente hacia la paz. De esta manera mi reflexión se sitúa en un momento preciso, esto es, la Colombia de hoy que ha sido testiga de grandes acontecimientos históricos como la firma del acuerdos de paz, la movilización de un sector de la población que los rechazó, las movilizaciones que denunciaron las manipulaciones mediantes las cuales se logró que los acuerdos de paz fuesen desvirtuados en un plebiscito, y las escenas inolvidables de guerrilleros reintegrados camino a zonas de concentración previamente acordadas para iniciar en firme un nuevo capítulo sin armas. Todo esto quiere decir que la reflexión que aquí ofrezco está marcada por el carácter provisional, la cautela que acompaña a todo esfuerzo de análisis coyuntural, a toda lectura del tiempo a medida que transcurre.

Por último, el título sugiere la prevalencia de un marco de referencia mayor: el neoliberalismo. El consenso general apunta a que se hable del neoliberalismo actual como de un capitalismo tardío en crisis. Desde el trompetazo inicial a la Fukuyama a comienzos de la década de los 90, que anunció un triunfo final del capitalismo y, por lo tanto, el final de la historia, ya se hizo evidente que el neoliberalismo que reclamaba el control se erguía sobre endebles bases falaces. Lo que aún lo sostiene es, entonces, un asunto de fe. El tratamiento de lo económico-político como si correspondiese al ámbito religioso, y de lo religioso como instrumento y en cumplimiento de propósitos económicos y políticos es una tesis que bien podría rastrearse hasta llegar a Marx.

Me propongo, entonces, explorar las posibilidades que el posconflicto en Colombia y su construcción encarnan unos desafíos muy grandes, teniendo en cuenta que el neoliberalismo sigue coloreando el escenario más amplio. Para ello, parto de una breve lectura de la situación actual a fin de poner en escena el posconflicto en relación antagónica con el neoliberalismo reinante. A renglón seguido, mi atención se centrará en las evidencias de afirmación de lo humano a partir de las movilizaciones sociales que legitiman las aspiraciones del país a la paz.

1. Humanismo y paz

Una imagen del humanismo clásico y una perspectiva de aplicación para América Latina parecen no corresponder a los desafíos que hoy por hoy plantea el neoliberalismo en tanto capitalismo tardío. La imagen clásica es la del hombre, en singular; el hombre-individuo que afirma su razón de ser en su capacidad racional sin mayores referencias a las condiciones históricas que lo hacen posible a él (nunca hubo una ella, rara vez un nosotros, y jamás nosotras), y a su cogito. Viene a mi memoria el humor mordaz de Alejo Carpentier quien en "El siglo de las luces" recrea el arribo del primer símbolo de la revolución humanista, del triunfo de la razón, a este lado del Atlántico, a saber: la guillotina. De esa manera, el genial Carpentier señalaba los límites de una propuesta de construcción de dignificación humana que había nacido sorda al mundo para ella desconocido: el del mestizaje y la desmesura del continente americano.

Lo que escapó al humanismo clásico fue el tráfago de ese mundo. A su estropicio macondiano debe agregársele el entrevero del mestizaje que fuerza a que el sujeto individual, androcéntrico y burgués del Yo occidental, se desplace de la escena para darle paso a un Yo múltiple, un sujeto habitado por Yoes que habla en una polifonía que quizá se vea más fielmente representada en el je me revolte donc nous sommes, de Albert Camus. Es un Yo que forja un Nosotros, y lo forja en la lucha, un Yo que anuncia; “Me rebelo, luego somos.”

Lo cual me lleva al segundo componente problemático del humanismo en su versión clásica, que habla de su aplicación. La referencia a Camus viene al caso por cuanto ha sido la rebeldía la nota predominante en los procesos identitarios en América Latina. No en vano fue la propuesta de teorías de dependencia las que marcaron esas luchas durante el siglo XX cuando el continente encontró su plástica (muralismo riverano, estética guayasaminiana), su voz (literatura latinoamericana con boom incluido), su canto (Nueva Canción Latinoamericana), su patrón de lucha (insurgencias armadas), su expresión de esperanza y fe (Teología de la Liberación), y forjó esos rasgos de identidad en franca lucha rebelde contra patrones establecidos desde afuera por la hegemonía occidental. Bien podríamos apropiarnos de la sentencia de Miguel de Unamuno: “Lucho, luego existo;” de no ser porque en su dicho el maestro aún persiste en el Yo individual, como si la lucha fuera posible al margen de la historia.

De esas voces emergentes entre otras, podemos destacar la teológica. Lecturas más recientes de la Teología de la Liberación plantean la necesidad de superar el foco preferencial en la pobreza para dirigirlo hacia una mayoría aún mayor y más compleja: los excluidos. No quiere decir esto que le estemos haciendo el juego a las mediciones de pobreza implementadas por las administraciones centrales en el continente, y que pretenden dar cuenta de su reducción. Por el contrario, se trata de una agudización de la pobreza que se entiende esta vez, no desde la óptica de las teorías de dependencia sino en términos de un panorama mucho más complejo en el que el mercado se ha encaramado a los sitiales sagrados que antes ocupaban las imágenes religiosas que despertaban el fervor popular. Si en sus versiones que podríamos llamar clásicas, o de primera generación, la Teología de Liberación conectaba la pobreza a las condiciones precarias de los trabajadores, a la concentración de los medios de producción, a las represiones de las dictaduras militares que marcaron el siglo XX latinoamericano y a las relaciones de dependencia con Estados Unidos, el panorama ha ganado ahora una complejidad mayor.

Así las cosas, el esfuerzo por poner el acento en la persona requiere un replanteamiento antropológico que supere el antropocentrismo al que estamos habituados. En este sentido, la voz de Leonardo Boff insiste en incorporar al cosmos, al medio ambiente, en nuestros esfuerzos por “poner el acento en el hombre.” Aunque es de vieja data la conciencia de que como recién llegada, la raza humana es perfectamente prescindible y sin ella el cosmos puede seguir su curso, solo a raíz de la reciente agudización de las crisis ecológicas, el medio ambiente se enfatiza en las agendas de los movimientos sociales y de las preocupaciones de justicia social.

La más reciente era histórica que viene inmediatamente después de la era industrial, está dejando la huella más profunda afectando de manera negativa los equilibrios a los que el medio ambiente había llegado hasta la aparición del hombre. Agnés Sinaï, escribiendo para Monde Diplomatique en el año 2009, define la era antropocena como aquella que se caracteriza por “una intervención masiva de la humanidad sobre los ecosistemas.” Sinaï cita al GIEC (Grupo Intergubernamental sobre la Evolución del Clima) para quienes de darse un incremento en la temperatura de 2.5 a 3 grados centígrados, que es el estimativo más probable, los depósitos de carbón vegetal se podrían convertir en emisores netos de CO2, y la Amazonía convertirse en sabana.

En síntesis, el ser humano aislado como motif preferencial de humanismo debe darle paso a una nueva concepción humanística que aborde los sentidos colectivos, históricos y ecológicos de lo que se quiere decir por “humanidad.” De igual manera, la puesta en escena de tal humanismo complejo ha de superar la concepción de sujeto que provino de los paradigmas de las teorías de dependencia para abordar el problema de un sujeto democrático. Pero esta tarea de construcción democrática no apunta a la instrumentalización del cuerpo político con miras a la instalación de nuevas formas de exclusión. El desafío actual lo plantea la pretensión neoliberal de anular el estatus de ciudadano para privilegiar la condición de cliente. Como ya se hizo dar a entender arriba, la globalización sustituye al sujeto por el mercado. En el estado actual de cosas, “la democracia tiende a reducirse en democracia de mercado en la que en los distintos espacios, los ciudadanos se resignifican como clientes, por lo que el clientelismo” que era patología política en las democracias predictatoriales, pasa a ser normalidad político-democrática en las democracias posdictatoriales, postransicionales y postmodernas globalizadas.

2. La Colombia del posconflicto

En lo que tiene que ver con la Colombia del posconflicto, la construcción de identidad nacional se gestó históricamente en torno a dos ejes: lengua y religión. Las élites decimonónicas pensaron nuestro país como castellano y católico. En su texto Jaramillo se centra en dos décadas cruciales para Colombia en el siglo XX -1930 a 1953-, que vieron el frustrado esfuerzo por construir un país desde perspectivas liberal-socialistas y que devino en uno que reforzó el talante conservadurista ya iniciado en las décadas anteriores. El control discursivo estuvo en manos de la iglesia católica, incluso en los años de la República Liberal en los que ejerció su oposición mayormente desde los púlpitos y las páginas editoriales del periódico El Siglo. La acción discursiva se centró en la satanización de todos los esfuerzos que buscaban garantizar la separación de la Iglesia y el Estado y asegurar los pocos derechos consagrados en la Constitución de 1886.

A mi juicio, lo que Colombia vio en el plebiscito que buscó refrendar los acuerdos de paz con las FARC, fue el resultado de esa intensa campaña adelantada a lo largo de la historia, y sobreenfatizada en los años recientes de autoritarismo uribista. La anémica respuesta al llamado a las urnas, por una parte, y el resultado negativo a la paz, por la otra, ¿qué son sino frutos de desconfianza hacia el Estado, por un lado, y de adoctrinamiento en la satanización de las libertades públicas, por el otro?



La Colombia del posconflicto ve así minado el terreno hacia la construcción de una cultura de convivencia. Por una parte, la gestación de un nuevo humanismo demanda la ampliación del escenario de lucha para incluir al medio ambiente. Este medio ambiente está siendo presa de la expoliación neoliberal con su acento puesto sobre la economía extractivista. Esa economía extractivista sigue siendo, a despecho de los desarmes ya acordados y en proceso de ejecución, la espina en el costado de los conflictos agrarios no en vano continúan los asesinatos de líderes campesinos y otros defensores de la vida y el medio ambiente. Esos conflictos, en lugar de resolverse se agudizan, por ejemplo, la legalización de entrega de tierras al gran capital, aprobación de leyes muy graves para la democracia sola para enunciar un par de tragedias.

Y como gran telón de fondo, el inconmovible dogma neoliberal, con las configuraciones globales, económicas, políticas y militares con las intersecciones entre muchas de estas dimensiones, dado que resaltan la complejidad e influencia de lo local y nacional con las relaciones del poder global. Un asunto de fe, pues sus falacias de la religión neoliberal son insostenibles. Quizás estaba Jorge Luis Borges apuntando a algo cuando consignó, en uno de sus relatos, la famosa aseveración: “Ser colombiano es un asunto de fe.” Para concluir quisiera afirmar que soy pesimista, pero intencionalmente quiero cultivar la esperanza especialmente para honrar la memoria de tantos que entregaron la vida en defensa de la vida.

FILOSOFA, POLITÓLOGA E INVESTIGADORA SOCIAL.

"Ha emprendido una férrea defensa por las mujeres, los derechos humanos y la Paz, apoyando las luchas, exigencias y denuncias en contra de toda forma de violencia en todas las regiones del país".

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