Resistencias
Gilberto Lopes
Es inevitable comparar el país que el presidente Oscar Arias describe en su último informe, con el país en el que los costarricenses vivimos. No es ejercicio baladí. Se trata de percepciones, de visión de mundo, de cómo valorar los diferentes aspectos de nuestra realidad.
La gran “obra” de este gobierno fue lograr la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TLC). Como dije muchas veces durante el debate, el TLC era prácticamente irrelevante en materia comercial. Con la economía costarricense ya muy abierta, el TLC apuntaba a mejorar la posición comercial de unos pocos productos, como el azúcar, los textiles y algo más. Nada relevante para el rumbo del país.
El secreto estaba en otra parte: las privatizaciones. Entregar al capital trasnacional las telecomunicaciones, uno de los sectores claves y más dinámicos de la economía mundial. De paso, los seguros, los puertos y las obras públicas, además del nuevo proyecto de ley para privatizar la producción y distribución de energía, entre otras cosas.
Lo de telecomunicaciones es particularmente grave para el país, donde el ICE se había transformado no solo en una gran empresa, sino en una gran universidad, donde se formaban nuestros ingenieros y técnicos. Todo ese capital será tirado por la borda (si lo dejamos), para entregar el negocio a dos empresas trasnacionales, como si no pudiéramos nosotros seguir desarrollando nuestra propia capacidad tecnológica y nuestra propia empresa de telecomunicaciones.
En materia comercial, la irrelevancia del TLC está a la vista. Son otros los factores que inciden en nuestra balanza de pagos. La falta de visión (o los intereses) llegaron a tal punto, que nos embarcaron en ese carro cuando la crisis económica internacional crecía y se expandía (y cuyo fin es aun difícil de vislumbrar), dejando al desnudo las debilidades de un modelo que no volverá a ser lo que era. Como lo advirtió el propio FMI el mes pasado, una tercera fase de esa crisis asoma en el horizonte, caracterizada por una creciente crisis fiscal y la explosión de la deuda pública. Pero a los costarricenses nos asustaron con los riegos de quedarnos fuera de un TLC irrelevante, mientras la mira estaba puesta en las privatizaciones que terminarán por ir reduciendo los ingresos del país, como ya ha ocurrido con el caso de la banca.
¿Tiene sentido este rumbo?
No solo inversión extranjera. No se trata de oponerse a la inversión extranjera, pero un país no se puede desarrollar solo sobre esa base, destruyendo o, lo que es peor, entregando el capital social acumulado por generaciones de costarricenses a empresas extranjeras. Son dos cosas distintas. Como parte de ese modelo, el país apostó, para su desarrollo, a la promoción de las exportaciones. El resultado fue que esas prácticamente se duplicaron en diez años. Pero, como señala el decimoquinto informe sobre el “Estado de la Nación”, el 80% de esas exportaciones las realiza apenas el 6,5% de las empresas y casi la mitad de esas exportaciones se dirige a Estados Unidos. ¿Es ese el modelo exportador que queremos?
Enfatiza el presidente los logros económicos y sociales de su gobierno, mientras el déficit fiscal se acerca al 5% y el desempleo supera ese porcentaje (se consuela con que a Estados Unidos e Inglaterra les va peor).
En cuanto a la pobreza, la tenemos estancada alrededor del 20% de la población, medida con índices muy conservadores y pese a los programas focalizados que el gobierno utilizó para combatirla, como Avancemos o la ampliación de las pensiones del Régimen No Contributivo de la CCSS. Mientras toda la política económica concentra la riqueza y acentúa las disparidades sociales (que no pararon de crecer durante los cuatro años de la administración Arias), ese modelo busca moderarla con programas dirigidos a sectores particularmente vulnerables, en una carrera desigual, cuyos resultados están a la vista: una creciente brecha social.
Lucha de los pueblos -
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