Quien es Lilia Solano
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Por: Lilia Solano


1.  Globalizaciones.

Una de las muchas formas de salir al encuentro de los desafíos y las oportunidades que plantea la presente globalización es la de asegurar que globalizaciones las ha habido toda la vida. Y escuchamos muchas voces que dicen que resulta improductivo adoptar una postura crítica y desaprovechar una oportunidad de oro para sumarse al ejército de ganadores y ganadoras que engendra la globalización.  Esta salida tiene sus visos pragmáticos, y quizás por ello acusa un dejo de determinismo, como si el actual ordenamiento mundial fuese definitivo y marcase el fin de la historia. Los esfuerzos participativos en procura del desarrollo comunitario sostenible hablan a las claras de la vigencia de sueños, de la convicción de que el actual ordenamiento social y económico no puede perpetuarse como si l@s pobres estuviesen condenad@s a un destino inexorable de postraciones social y económica.

Por sus características, la globalización de hoy tiene al menos tres antecedentes en la historia, a saber:

•    La europeización del mundo que se inició con la llegada de Cristóbal Colón a las Américas.
•    La revolución industrial.
•    La implementación del Estado-centrismo como forma preferencial de ordenamiento de las comunidades políticas.

Estamos, entonces, viviendo la cuarta ola de globalización.  Esta recolecta los frutos de las tres anteriores, que aún siguen vigentes, y le añade dos de su propia cosecha, a saber:

•    El impacto sobre la vida cotidiana de la depuración tecnológica en el manejo de la información.
•    La pretensión de que sea el mercado la instancia de regulación de la vida pública, gracias a su papel en la distribución de bienes y servicios.


Las lecturas tanto entusiastas como críticas en torno a la globalización tienden a centrarse en estos dos últimos frutos suyos.  Nuestra familiaridad con la abundante literatura resultante conlleva a que las conversaciones sobre este asunto giren alrededor de lugares comunes.  Sin embargo, con mucha facilidad pasamos por alto el legado de las tres olas anteriores de globalización y con ello soslayamos un aspecto de crucial importancia que, a la postre, constituye el verdadero eje central de la presente ola.  Me refiero a la cultura.  En este terreno los desafíos y las oportunidades forjan unas dinámicas que contribuyen a potenciar procesos de largo aliento.

Para Bob Goudzwaard, economista holandés de amplio renombre en círculos académicos en general, los desafíos económicos que plantea la globalización representan, ante todo, retos de orden cultural. [1] Lo que está en juego con la entronización del mercado, la preponderancia de la compañía transnacional y la reducción del papel del Estado, es la creación cultural.  Las dinámicas que dan cuenta de la recursividad de las comunidades humanas para interacturar con sus entornos, legados, tradiciones, producciones artísticas y modos de generación de riquezas, pierden su filo creativo frente a las pretensiones uniformadoras del mercado global.

La creación cultural, entendida en su más amplia acepción, da cuenta de la diversidad.
Nada es la réplica insulsa de algún modelo que busque erigirse como el paradigma englobador.  Si bien la ciencia da cuenta de una estructura molecular que es similar como patrón estructural para los grandes astros del espacio sideral y los más minúsculos quarks, con todo las unidades orgánicas de las criaturas dan cuenta de la diferencia, esto es, de la diversidad.

La diversidad sufre los atentados de las intenciones uniformadoras de la arrogancia globalizante.  El mito de Babel es quizás el más popularmente conocido intento.  La erección de una torre, símbolo del poder unificado en el mundo habitado, cual si se tratase de algún anticipo de una serie de torres gemelas que han fascinado a la humanidad desde entonces, era posible por la imposición de un código lingüístico.  El monolingüismo es un fenómeno cultural de opresión.  América Latina es un claro botón de muestra.  La extinción de las lenguas precolombinas fue otro resultado trágico de la acción de la espada de la globalización que europeizó al mundo.  Desde Cristóbal Colón se dice que podemos entendernos en la medida en que nos veamos desde ópticas europeas.

Estoy tratando de cuestionar la pretensión más preocupante de la globalización, a saber:la de que la comunidad humana ha de vestir un mismo ropaje cultural.  El uniforme cultural ofrece las mismas prendas a ser lucidas:  hay que ser blanco, angloparlante y consumidor.  Al decir de una famosa activista negra brasileña, que fue alcaldesa de Rio:  “Yo nací mujer y negra; me quieren volver varón y blanco”.

Alguien podría decir que mi crítica está pasando por alto el aporte cultural que América Latina está haciendo en otros lugares del mundo, gracias a que la globalización presupone un mundo más interconectado.  Alguien más podría añadir que de no contar con unos factores comunes que la globalización enfatiza, no podríamos siquiera imaginar que nuestras culturas se dinamizaran.  Es posible, desde luego, que la adopción de la culinaria mejicana por parte de grandes cadenas de comidas rápidas, que el empuje de figuras con nombres hispanos en el mercado del espectáculo estadounidense, y que el uso de giros lingüísticos hispanos en las grandes ciudades del mundo conduzcan a creer que hemos contraído una enorme deuda con quienes se idearon la globalización.
Lo que estamos viendo en la asimilación de productos culturales por parte del mercado es la desvaloración de la capacidad creativa de nuestros pueblos.  Una de las características de la identidad cultural es su particularidad, su rasgo de diferencia, de tal manera que la interacción cultural genuina invita a transformaciones en esas culturas que así interactúan.  Así, por ejemplo, la literatura latinoamericana irrumpió en el mundo con su magia, su encantadora hipérbole, su humor irónico, sus Macondos imposibles y sacudió la modorra pesada de los ladrillos europeos.  Con todo, nuestros autores siempre admitieron su deuda con los grandes escritores de la cultura occidental.  Y ahora que, en verdad, el mundo es más pequeño gracias a la tecnología que hace posible esta cuarta ola de globalización, sabemos que oriente nos puede enseñar a vivir.  Se requiere, entonces, que mi lectura eche una mirada a las oportunidades que, sin duda, la presente globalización nos ofrece.  Y eso haré a continuación, para luego pasar a considerar una tríada de desafíos.

2.  Tres oportunidades

2.1.  La oportunidad de la intersubjetividad.

Las globalizaciones son posibles por la existencia de factores comunes en medio de la diversidad que nos caracteriza.  A cada globalización corresponde un referente imperial respectivo.
La actual globalización capitaliza esas lecciones hasta llevar la interconexión humana al contradictorio terreno de la intersubjetividad.  Las culturas al encontrarse descubren que el mismo mundo es susceptible de lecturas diferentes, y por lo tanto abierto a proyectos diferentes.  Este fenómeno nos acerca a los umbrales del respeto mutuo y el diálogo constructivo.  Con todo y los conflictos que entraña la intersubjetividad, no se puede negar que ha enriquecido nuestros acercamientos al mundo, a la historia, a la vida de nuestros pueblos y a la comprensión de otros pueblos.  No estoy negando que la inmigración sea ahora un problema de altas proporciones, y que la resultante xenofobia esté resucitando por doquier los cadáveres de las exclusiones raciales y étnicas que creíamos eternamente sepultados.  Tampoco estoy ignorando las propuestas que se escuchan en el norte en el sentido de restringir la entrada de estudiantes extranjeros, que son los que vigorizan la actividad académica en esos lares.  Pero todas estas dolencias son evidencias que estamos viviendo la era de la intersubjetividad.

Hay aquí una oportunidad para crecer en la recuperación de la verdadera razón de ser del lenguaje, que es el oir, al decir de Martin Heidegger.  Por cuanto es importante escuchar el relato de la historia desde la subjetividad del oprimido,diversos grupos pueden legítimamente justificar sus intenciones de propiciar iniciativas de desarrollo integral sostenible por parte de las mismas comunidades. Nuestros encuentros son encuentros de subjetividades, son encuentros de relatos de historia, son encuentros de peregrinajes, de andaduras, de rutas escogidas.  De ahí que estemos más cerca de los parajes del respeto mutuo.

2.2.  La oportunidad de la iniciativa local.

Lo local está asociado a lo pequeño.  Este es el terreno de lo familiar.  Localidad es casa, alquería, parcela, raíces que dan sentido de pertenencia.  Y dado que la globalización actual está capitaneada por el gran capital de la transnacional, con su soplo de desarraigo, desapego y autista irresponsabilidad social, las iniciativas locales cobran un renovado vigor.  Ya desde los años 80 E. F. Schumacher nos acostumbró a valorar la pequeñez de lo local, y con él aprendimos a sentenciar: “Lo pequeño es hermoso.”  Entonces empezamos a abrir nuestros ojos a la insensatez del consumo desmesurado que nos convierte en los peores empresarios, pues nos comemos el capital, ya que las ganancias no nos satisfacen.  La salida a esa voracidad suicida es el retorno al entorno familiar de lo local.

La presente cuarta ola de globalización abre la puerta, sin querer, a la recuperación de las iniciativas locales como alternativas a la despersonalización que genera toda empresa global.  Al fin de cuentas la anchura del mundo no nos pertenece.  Ya nos lo decía el escritor andino a comienzos del siglo XX en una de sus novelas:  “El mundo es ancho y ajeno”. [2] La globalización asume que la compañía transnacional es la gestora de lealtades.  Con ello destruye la referencia que los seres humanos cultivamos hacia lo cercano: tradiciones culturales locales, legados familiares, responsabilidades con el medio ambiente, preocupaciones por nuestros engranajes socioeconómicos, etc.  De tal contexto surgen preocupaciones que buscan recuperar el valor de lo pequeño.  Nuevamente aquí debo advertir que no soy ingenua frente a las distorsiones de las iniciativas locales.  Una reflexión similar a la que estoy ofreciendo podría servir para que una generación juvenil de cabezas-rapadas justifique sus xenofobias.  Al fin de cuentas la presencia de refugiados irrumpe en los entornos familiares trastornándolos.
Sin embargo, como nunca antes cobra valor la iniciativa local, de tal manera que una vez mas  encontramos un terreno fértil para el logro de esfuerzos comunitarios, a tono con una metodología de trabajo que privilegia la inventiva local.

2.3.  La oportunidad de la sabiduría popular.

Esta presente ola de globalización, en virtud de su apalancamiento tecnológico, presupone el predominio del conocimiento como valor a ser cultivado y defendido.  Pero la globalización implica también el ahondamiento de las desigualdades que se traduce en que el conocimiento deje de ser un don para convertirse en un bien a ser transado en la bolsa.  Prueba de ello lo constituye la actual brega por la consagración de los derechos de autor hasta el punto que incluso el saber agrario de los campesinos puede ser reclamado por alguna multinacional como un bien más a atesorar en sus inventarios.

No obstante, el otro lado de esta historia nos habla de una oportunidad para recobrar el saber popular.  En últimas el mundo que importa, esto es, el mundo de los afectos y de los recursos vitales, se ordena según las exploraciones mediante las cuales las comunidades dan cuenta de sus destinos.  Hablar de estos saberes en un contexto de arrogante pretensión globalizante es hablar de resistencias, estamos presenciando hoy una explosión rebeldías, insubordinaciones, utopías portadoras de una indisciplina que habla de la necesidad de construir la vida e inventar mundos que sean posibles. Todos estos movimientos sociales y populares que vienen aflorando han comenzado a encontrarse después de las grandes transformaciones mundiales. Poco a poco se han reconocido e identificado las voces de lo más profundo de la sociedad y se han dado a la tarea de reconstruir las rutas de la emancipación.

La sabiduría popular asume el rol de constituir una corriente contraria a los afanes uniformadores de la globalización.  ¿De qué otra forma se podría luchar en favor del medio ambiente sino es a partir de los tesoros de los saberes centenarios que se transmiten de generación en generación?  ¿Puede acaso el laboratorio proteger un bosque, de no contar con la sensibilidad que en las comunidades despierta una larguísima historia de interacción con ese bosque?

Pero esta perspectiva corre contraria al conocimiento hecho ingeniería, que pregonan las actuales pretensiones del mercado global.  El principal componente de resistencia reside en el dato ético de los saberes populares.  Estas son sabidurías que engendran posturas, actitudes y compromisos frente a la vida en procura de su defensa.  Al hablar de sabiduría popular estamos frente a la interconexión humana que la globalización no ha podido reemplazar por más que la ha remedado.  Es la interconexión que sostiene al otro por cuanto reconoce que el otro es depositario de saberes, de tal manera que su ausencia alteraría los ciclos vitales.  Como se lamentaba Borges, “al morir un anciano, muere una biblioteca”.  El otro es indispensable, y esta es una rica veta ética que en América Latina ha capturado la atención de pensadores como Enrique Dussel, para mencionar a uno.

Sin embargo, ustedes pueden observar que antes que oportunidades he mencionado, en realidad, tres frentes de resistencia a la arrogancia de la globalización del capital transnacional.  Por lo tanto, permítanme señalar tres desafíos.

3.  Tres desafíos

3.1.  El desafío de un discurso fundamentado en la falacia.

Quien ha tomado el liderazgo en el empuje de la presente ola de globalización ha sido el neoliberalismo, que es neoconservatismo cuando de sus resonancias políticas se trata.  El comienzo del siglo XXI está presenciando la agonía de este programa de eliminación de la vida en común, y sin embargo el liderazgo latinoamericano sigue con él embelesado.  La reacción de Estados Unidos a los ataques terroristas de Septiembre 11 muestra un renacer del interés por recuperar el Estado como instancia de articulación de la vida política, social y económica de las naciones.  Esto podría verse como el fin del neoliberalismo, al menos del prometido por Bush en su campaña presidencial.  Pero no hay que llamarse a engaño.  El Estado está renaciendo, pero para defender el gran capital.  Los grandes desembolsos de dineros públicos han ido a parar a las arcas de las grandes compañías transnacionales que ya estaban quebradas desde antes de los ataques terroristas.

Esta breve referencia sólo ilustra una constante del discurso de la globalización, a saber: la falacia.  La globalización demanda que la realidad no sea tocada por el discurso para así echar a rodar sus esfuerzos uniformadores que socavan la dignidad humana, a niveles individual y colectivo.  Como resultado, y a modo de ejemplo, alega que el problema de la justicia social es caso juzgado para salirle al paso a los más recientes estudios sobre pobreza que dan cuenta del aumento dramático de este mal.  Estos estudios, como los iniciados por el Banco Mundial a comienzos de los años 90, no producen una transformación en el actual ordenamiento mundial, ni generan una metanoia en el transcurso que sigue la preponderancia del mercado, sino que fundamentan mayores dosis de la misma medicina:  ajustes estructurales, reformas tributarias, flexibilizaciones laborales.  Es decir, el discurso no se conecta con la realidad, pues al final de cuentas esta es resultado de quien la lea.

La falacia como valor distintivo llega a convertirse en paradigma. Por esta vía se instala en nosotros y pasa a ocupar un sitial de veracidad en nuestros inventarios de valores.  Esta es la ruta que Michel Foucault describió cuando se dio a la tarea de discernir la manufactura de la verdad por parte de quienes detentan el poder.  Lo posible se hace verosímil, y de allí se traduce en verdad.
Por ejemplo: el discurso de la falacia insiste en que la instalación de puntos de fábricas de las grandes marcas en nuestro suelo aumenta el empleo y trae prosperidad.  Y con esa historia nos vamos, sin atender que la condición para que esas inversiones se realicen es que los gobiernos deshonren los pactos sociales y económicos que ha establecido con sus capas obreras.  Un caso más:  ¿No tiene Chile puestas sus esperanzas en que se le incluya en el exclusivo club de los tres socios del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica?  Parece que no le dicen nada los datos que evidencian el declive de la calidad de vida en México, Canadá, y el centro de las ciudades en Estados Unidos tras la entrada en vigencia de ese pacto.

De levantarse una voz que tímidamente pregunte por el desencuentro entre discurso y realidad, nosotr@s mism@s estaríamos más cercan@s a desoir esa voz que a ahondar en la cuestión.  La falacia en el discurso busca que la realidad sea vista como inmodificable.  No se le pueden introducir mejoras al status quo.
Ese discurso hace del silencio la única salida, pues los beneficios de la globalización son muchos, y el hecho de que se disfruten parece restarle legitimidad a la crítica.  Este es, entonces, el primer desafío que nos plantea la globalización en su negación de la diversidad cultural.  Mis anteriores tres “oportunidades” así lo ilustran.

3.2.  El desafío de la uniformidad.

Puesto que la falacia es reina, los esfuerzos que en épocas anteriores se hicieron por enfatizar la igualdad de los seres humanos a fin de legitimar el reconocimiento de los derechos fundamentales, fueron domesticados para corromper la equidad y convertirla en uniformidad.  Arriba hacíamos referencia al monolingüismo como evidencia breve de la uniformidad cultural.  El drama es mucho más profundo, pues un pueblo que recupere su cultura se hace menos vulnerable a la dominación.

Los actuales conflictos con el mundo musulmán ponen de manifiesto este problema.  Este es el bloque de la humanidad menos vulnerable a la europeización de las anteriores globalizaciones.  Con el reciente advenimiento de la macdonaldización de la cultura mundial de masas como estadio maduro de la europeización, la resistencia musulmana está contribuyendo a la gestación de una nueva polarización que reemplaza a la que precipitaron la Casa Blanca y el Kremlin.  Con todo y sus fundamentalismos, el bloque musulmán evidencia los límites de la uniformidad cultural que preocupa a la globalización.  Básicamente nos está diciendo que para la construcción de nuevas avenidas hacia la justicia hemos de empezar por reconocernos en nuestras diferencias.

Las cruzadas por uniformar la comunidad humana y negar la diferencia que delinea la silueta de sus identidades culturales son propias de los imperios a lo largo de la historia.  Y son los imperios los que propician globalizaciones.  El arma más efectiva para mantener a los pueblos en cautividad es la captura de sus imaginaciones, y esto es posible cuando se niega la diferencia y se afirma la uniformidad, como si de eso se tratara la equidad.

3.3.  El desafío del fin de la historia.

Decía arriba que dadas las bondades de la globalización pareciera como si no hubiera lugar para una postura diferente, que siempre es crítica.  Las globalizaciones lanzan el mensaje que el destino de la humanidad ya alcanzó dimensiones de totalidad.  Por lo tanto es inútil pretender hallar una alternativa.  En eso estamos hoy en día.  Oimos que se nos está diciendo que si la vida no se ajusta a las lógicas del mercado, pierde totalmente su valor.  Hemos pasado de una racionalidad que apuntaba a una aplicación instrumental, a la racionalidad que apunta a la justificación del consumo.  Si fuésemos a posar de filósof@s diríamos que estamos frente a la lógica de la razón consumista.  Y con esto, la historia ha llegado a su fin.

Los bienes que amasan los imperios en sus campañas de globalización son bienes para los pueblos y al servicio de los pueblos.  Disfrutarlos no implica claudicar, ni tampoco conduce al silencio servil.  La globalización no puede reclamar nuestra lealtad acrítica sólo porque hasta nosotr@s hayan llegado las migajas de los beneficios de los avances tecnológicos.  Por lo tanto, no le corresponde a la presente ola de globalización alegar que con la entronización del mercado la historia llegó a su fin.

Conclusión

Los beneficios que toda iniciativa humana siempre genera son oportunidades para que pongamos los bienes al servicio de los pueblos.  El disfrute de los mismos no amordaza la voz que siempre se ha de levantar, pues de lo contrario parecería como si la historia hubiese llegado a su fin.  Por algo sería que la voz de Atahualpa Yupanqui nos caló tan hondo cuando gritó a lo largo y ancho de nuestra América:  “¡Si se calla el cantor, calla la vida!”


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