Quien es Lilia Solano
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Por: Lilia Solano

La movilización de la sociedad civil ha asumido históricamente la modalidad de la resistencia [1]. Se puede decir, incluso, que la sociedad civil se organiza para resistir, razón por la cual hablamos de resistencia civil. Es posible que este lenguaje convoque dos sentidos que con facilidad pueden invitar al debate en el caso colombiano. En primer lugar, la idea de “resistencia” puede sonar como reaccionaria y poco propositiva. Es como si la sociedad civil estuviese a la espera de un estímulo externo negativo para echar a rodar una dinámica de organización y movilización. En segundo lugar, la idea de la resistencia civil se conecta históricamente con las movilizaciones en contra de ejércitos invasores. Tales fueron los casos en la Europa de la Segunda Guerra mundial frente a las invasiones alemanas e italianas, las cuales precipitaron la desobediencia civil como forma preferencial de resistir [2]. Y tal pareciera no ser el caso en Colombia, al menos en sus formas convencionales.

Sin embargo, en la siguiente reflexión asumo que esas dos dificultades aparentes contribuyen de manera paradójica a reforzar la movilización social por la vía de la resistencia. En primer lugar, la resistencia social consiste en la puesta en escena de movilizaciones que proponen alternativas a las agresiones a las que la población colombiana es sometida constantemente. En vez de constituir un fenómeno meramente reactivo, la resistencia apunta a nuevos horizontes de humanidad y convivencia. En segundo lugar, Colombia sí es el escenario de diversas agresiones similares a las que los ejércitos invasores pueden perpetrar.

Las anteriores aclaraciones son necesarias para los propósitos de esta reflexión, los cuales son:


1. encuadrar en el actual contexto unanimista y pretendidamente homogéneo las dinámicas de la sociedad civil colombiana; y


2. defender la legitimidad de la resistencia que es hoy objeto de domesticación, especialmente por sectores del establecimiento que reducen la compleja conflictividad colombiana a su expresión armada.


1. Resistencia en tiempos de unanimidad

La victoria aparentemente sin atenuantes de Álvaro Uribe en la carrera hacia la Presidencia de la República, instaló en el imaginario colectivo la idea de la unanimidad. Datos como la alta abstención en las urnas y los cuantiosos caudales electorales de congresistas opuestos a las tesis de Uribe, que hubieran bastado para dar cuenta de la vigencia de la disensión, pasaron a un segundo plano. Se tornó una tarea imposible sugerir siquiera que otras perspectivas formaran parte del escenario político colombiano. El unanimismo llegó para marcar las dinámicas sociales de la sociedad colombiana. Con ello, la impresión de que todo el país se siente representado en las propuestas belicistas del Presidente, parece brindarle un sustrato de legitimidad.

¿Cómo resistir en tiempos de unanimidad? En primer lugar, desvirtuando el unanimismo. Las recientes movilizaciones sociales, todas ellas reprimidas con la brutalidad propia de los tiempos unilaterales que la Casa Blanca anunció al mundo después del 11 de septiembre, evidencian que el consenso inventado por los medios de comunicación en torno al presidente Uribe descansa sobre bases muy frágiles. Se trata de movilizaciones pacíficas a agresiones estatales al amparo de la figura de la conmoción interior. El solo hecho de que amplios sectores populares se abstengan de seguir la corriente que busca legitimar las soluciones militares a los problemas sociales y económicos, es una muestra de que el unanimismo que legitima el actual régimen carece de validez. En este sentido, la resistencia social asume otras hermenéuticas que dan cuenta de la diversidad que debe caracterizar todo paisaje democrático.

En segundo lugar, al unanimismo se le resiste por la vía de luchas alternas. La resistencia en Colombia nos pone en el terreno de la deliberación democrática, esto es, un debate hacia la construcción de un escenario social marcado por la diversidad, la diferencia, la nota discordante, la disensión, todo lo cual invoca la exigencia del respeto, la tolerancia y el derecho.

2. La domesticación de la resistencia

A pesar de lo anterior, ha de reconocerse que, dada su pluralidad, se dan cita en la sociedad civil una disparidad de intereses. Esto conduce a una dispersión de conceptos y estrategias que a la postre debilitan los esfuerzos de coordinación estratégica, tan necesaria a la hora de darle a la resistencia expresiones concretas. Algunos estudiosos del fenómeno reconocen tres tipos de sociedad civil [3]: 



a) la burguesa, que busca que la sociedad civil legitime las formas de producción económica vigentes;


b) la angelical, que apunta a subsanar los desmanes del orden establecido y proveer ayuda a los desvalidos, pero sin cuestionar el andamiaje mismo de Estado; y


c) la radical, que apunta a transformaciones profundas, o al menos, a reformas de largo alcance.
 

Es muy posible que en las diversas movilizaciones sociales se den cita esas tres expresiones de la sociedad civil. Por lo tanto, se convierte en tarea urgente discernir los signos de las movilizaciones de tal manera que la resistencia no sea objeto de la domesticación a que son condenados los grandes símbolos revolucionarios. En días recientes, Bogotá ha sido el escenario de tales avanzadas de domesticación. La resistencia civil es ahora la bandera de la primera magistratura del Distrito, con lo que se subvierte el sentido mismo de esta iniciativa histórica. La Alcaldía Mayor de la ciudad pretende que ignoremos que la resistencia se dirige a los abusos en la administración pública, y que dejemos registrar la paradoja de un alcalde que erige símbolos de resistencia como si su administración no precipitase las agresiones contra las cuales deberían dirigirse todas las resistencias de la población. Esta domesticación, simbolizada en su chaleco blanco y sus lágrimas ante las cámaras de televisión, pretende arrebatarle a la sociedad civil toda iniciativa de resistencia y permite que el establecimiento absorba ese símbolo de participación política, con lo que una iniciativa popular termina por convertirse en un arsenal en su contra.

En consecuencia, le corresponde a la sociedad civil emprender toda una tarea de resignificación de sus dinámicas y movilizaciones, a fin de que los objetos de sus resistencias no terminen por convertir el lenguaje democrático de la sociedad en un bumerán con la capacidad de desvirtuar las iniciativas sociales. El movimiento social es el que aporta la legitimidad que toda iniciativa pública requiere, y por esa razón está en sus manos la reconstrucción de todo el mapa de legitimidad que requiere, no solamente la administración del Estado, sino la inserción misma de los movimientos sociales en la construcción de espacios de participación.

En tiempos de pretendidas unanimidades y homogeneidades, de expropiaciones de símbolos y domesticaciones de lenguajes de resistencias, les toca a los movimientos sociales asumir sus propias dinámicas históricas con el fin de recuperar la legitimidad de su resistencia. Se trata de un recurso que nos queda en un contexto de conflicto, enrarecido por la altisonancia de una administración que se cree única y se ubica por encima del derecho, las libertades ciudadanas y la preeminencia de la civilidad en la sociedad colombiana. Contra esas ínfulas hay que enfilar las baterías de la resistencia social y continuar luchando por alcanzar paz con justicia social.

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[1] Michael Randle, Resistencia civil: la ciudadanía ante las arbitrariedades de los gobiernos. Paidós, 1998, pág. 25.

[2] CODACOP, Conflicto y resistencia. Bogotá, CODACOP, s. f., pág. 8.

[3] François Houtart en conferencia dictada en la Universidad Nacional, mayo del 2002.




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